Mi vida en Bornos
Reconozco que esta reminiscencia histórica de mi pueblo, puede resultar algo apasionada, pero no te quepa la menor duda, amigo lector,de que se trata de expresar de la manera más fiel, el perfil más real de mi niñez vivida en un pueblecito de la Sierra Gaditana llamado Bornos.
Bornos era un pueblo lleno de gente trabajadora, alegre y soñadora; hombres y mujeres que día tras día, se afanaban en afrontar las dificultades que imponían las duras tareas del campo. Al amanecer, los jornaleros aparejaban sus bestias, carretas, bicicletas u otros vehículos de transporte, para acometer sin tregua sus quehaceres cotidianos. Horas más tarde, los más pequeños van a la escuela para poner los mimbres que después forjarían su futuro; luego, algo de juego y diversión; los juegos estaban constituídos en su mayor parte por la utilización y manejo de juguetes rudimentarios; el caballito de caña, el patinete de madera confeccionado de manera artesana por sus propios usuarios, la cuerda para saltar o la muñeca de trapo en el caso de las niñas, etc. El escenario de tales hazañas no podía ser más suigéneris; el grueso adoquinado que formaba parte del paisaje de aquellas calles empinadas que pateábamos y cuyo rudo pavimento era en muchas ocasiones causante de lesiones y heridas diversas.
Durante el día, los aguadores porteaban sus cántaros llenos de agua procedente de la fuente de la plaza de San Francisco. Recuerdo perfectamente a Antonio El Aguaor, que fuera años más tarde colega en la venta del cupón de La Once. Así mismo, recuerdo a Pepe El Buti, pregonero del pueblo y con quien entablé una muy buena amistad a pesar de que yo era solamente un niño y él una persona de mucha más edad. Puedo también acordarme del Minero, que nos atraía con su famoso pregón, “hay arvellanas, caramelos y piñones”, o a Saturnino, que por las mañanas arreglaba los cacharros de latón y por la tarde vendía castañas cocidas.
Como compañeros de juego de mi infancia, puedo recordar a Antonio, el hijo de Mariquita La Chinda, A Fernando Hijo de José Caravela, al que llamábamos El porrita, a sus hermanos Miguel y María Dolores, a Juanito el de Anita La Garvei,a Juan y Manolo el de Antonio el zapatero, Fernando y paco de Fernando Carrera, a Cristóbal el de Catalina, Juan el de Currito, y un largo etc. A quienes pido perdón por no mencionar para no alargar demasiado la lista; ah, pero no puedo olvidarme de mí mismo, yo soy Joselito el ciego, el hijo de Paca la Porriña, aquel a quien todavía los mayores recuerdan correteando por aquellos abruptos terrenos del Arrollo de la negra, El arenal, o la Calle Calvario, como uno más a pesar de la falta de visión. Para mí fue una infancia tal vez algo complicada por las carencias de la época, pero difícil de olvidar por cuanto forma parte de mi vida en Bornos, que luego hubo de interrumpirse por mis deberes escolares, que por razones ovbias, debieron desarrollarse fuera de aquí.
Entre otros recuerdos de mi niñez en Bornos, viene a mi memoria, el toro de cuerda de San Laureano o el del 18 de julio, la antigua feria de abril, o las clases de catecismo que nos daban en la ladera de La Sierra del Calvario. Recuerdo con nostalgia, aquellos maravillosos ratos de tertulia taurina con mi buen amigo Manuel “El Mirlo”, escuchando la radio,ante una buena colección de fotografías del Cordobés, de quien los dos éramos grandes seguidores; mis excursiones aventureras por la sierra del Calvario en busca de gamones, patichas, palmitos o vinagrera,los corrillos delante de la puerta de la casa de Domingo El Cávila, quien nos entretenía con sus historietas a modo de cuentos y tantas y tantas vivencias que son parte de mi vida y la de quienes tuvieron la suerte de ser protagonistas de una época que con sus cosas buenas y no tan buenas, pero que son parte de nuestras vidas y que como tales debemos reseñar.
Ya en la adolescencia y hasta la mayoría de edad, que entonces era a los 21 años, mi estancia en Bornos era por etapas; coincidiendo éstas, con los períodos vacacionales. De estas estancias, más o menos cortas según la época vacacional, recuerdo aquellas navidades de corte tradicional, con su ambiente peculiar de salidas de La Misa del gallo en busca del garaje o local donde organizábamos las fiestas de juventud en grupos de amigos con baile y un poco de juerga sana, hasta donde nos permitía la situación política del momento. Después, al término de la fiesta, nos distribuíamos en grupos más pequeños para ir de casa en casa a solicitar de los vecinos, el típico aguardiente y los polvorones, todo ello amenizado con los clásicos cantos navideños del lugar y siempre acompañados de zambombas, panderetas y otros instrumentos y artilugios para hacer ruído. Estas tradiciones, que para bien o para mal, van quedando en la trastienda de la vida, tal vez esperando que algún día nos vuelvan a ser útiles, bien para poderlas referir ante nuestros hijos o nietos, o tal vez, quién sabe si para que nos sirvan de pauta para el devenir cotidiano de futuras generaciones. Entre mis amigos de entonces, puedo acordarme de Diego, el hijo de Ana la partera, Antonio el de Rosquete, Frasco el de La choreta, mi amigo paco El Conejo el zapatero, y los que seguía conservando de la infancia.
Algún tiempo más tarde, una vez concluída mi etapa escolar, decido trasladarme a Cataluña,donde actualmente tengo mi residencia habitual, junto a mi esposa, mis 2 hijas y un nieto de algunos meses que ya son tan bornichos como yo, con lo cual mis visitas a Bornos son más esporádicas, hasta que hace un par de años, se me ofrece la oportunidad de acogerme a la jubilación anticipada y con los ahorrillos que pude conseguir con el esfuerzo de 35 años de trabajo, compro una casita en Bornos la cual me permite visitar con más asiduidad esta bendita tierra que me vio nacer.
Sin duda el perfil descrito en estas frases, no es más que una síntesis de mis vivencias personales, que deja en el tintero, por no cansar a los lectores, un sin fin de pasajes que habrían tenido cabida en un libro o espacio de mayor amplitud; no obstante, la presente reseña creo que se ajusta con bastante fidelidad al perfil de una vida con parámetros muy normales, jalonada en cualquier caso por anécdotas y vivencias personales, pero que definitivamente marcan la pauta general de lo que a groso modo hubiera podido contaros cualquiera de mis convecinos de aquella época.
José Nieto López
Artículo enviado por José Nieto López por medio del sistema de publiación de pazante.com.
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