Un Mundo sin Fronteras

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Hola, este cuento es una aventura que viví en primavera, cuando yo volvía de mi emigración. Soy un petirrojo europeo, con plumas castañas y ojos negros como una noche sin estrellas. A mí me encanta volar, como a cualquier otro pájaro, cada vez que lo hago me siento libre y gozo al sentir el aire acariciando mis suaves plumas mientras observo a los demás desde el cielo.

Yo me creía que todas las criaturas de la Tierra podían ir a donde quisieran sin dificultad alguna, pero veo que me equivocaba. Todo empezó cuando iba ha hacerle una visita a la cigüeña que vivía en el Convento de Bornos, ya que era una gran amiga mía y sus cigoñinos acababan de salir del cascarón. Estaba a punto de llegar a mi destino, pero algo me llamó la atención: un niño que estaba sentado en una silla de hierro con una rueda en cada lateral, dirigiéndose a su casa. Pensé que a lo mejor le gustaba desplazarse así, pero como mi curiosidad era enorme, decidí seguirle para averiguar el por qué le gustaba pasear con aquel extraño aparato. Le seguí discretamente para que él actuase con normalidad. De repente, apareció un grupo de niños que empezaron a decirle cosas. Desde donde yo estaba les escuché gritar:

- ¡Mirad a ese desgraciado que va en silla de ruedas!

No me puedo creer que haya personas tan ruines y despreciables como esos maleducados. El chico no dijo nada. Parecía como si estuviese acostumbrado. Siguió su camino como si nada, pero mientras le espiaba , continuaba pensando en lo malas que pueden ser algunas personas. Llegamos, al fin, a su casa blanca como la nieve recién caída. Me tuve que asomar a la ventana, ya que no me dio tiempo a entrar, y me impresioné mucho al ver que no se quitaba la silla, ni siquiera para comer. Intenté entrar dando picotazos a la ventana, pero solo conseguí llamar la atención de su hermana. Al hacerlo me abrió la ventana mientras se retocaba sus hermosos cabellos dorados. Pensaba reiniciar el vuelo, pero la niña, que aparentaba tener unos ocho años, me atrapó con su veloz mano y me impedía elevarme. Intenté deshacerme de ella, mas mis intentos fueron en vano. La chica empezó a llamar a su hermano:

- ¡Jorge, Jorge, mira lo que he atrapado!, es para que sea tu mascota.

Cuando Jorge llegó, pude comprobar que aún seguía en la silla de ruedas. Me miró detalladamente y sonrió diciendo:

- Muchas gracias, al fin voy a tener a alguien que me escuche.

Entonces me metió en una diminuta jaula, ¡estaba preso!, ¡y todo por saber para que servía ese chisme!, Creía que me había metido en un buen lío, pero resultó que no era así. Después de encerrarme en esa cárcel, Jorge me sentó sobre su regazo y empezó a hablarme con un poco de melancolía.

- ¿Sabes? Yo tenía muchos amigos hace unos cuantos años, pero un día tuve un accidente: me agarré al palo metálico del tobogán y me caí de espaldas. Desde entonces, tengo que ir en silla de ruedas toda mi vida y, para colmo de males, ya nadie quiere ser mi amigo. Aparte de mi familia tú eres el único que me escucha.

Aquella historia tan trágica me conmovió y ya conocía para que servía la silla. Decidí quedarme con él, pero se me presentó la duda de que toda su familia no siempre estaría con él y yo no viviré mucho tiempo. Necesitaba amigos humanos que jugasen con él, le ayudasen a superar los obstáculos como las escaleras o los bordillos, le escuchasen y le ayudasen a afrontar aquel problema llamado discapacidad. Entonces se me ocurrió una idea que decidí ponerla en práctica una semana después. Llegó el día previsto y, cuando Jorge se fue al parque, abrí la jaula con mi hábil pico fui al campo. Allí se hallaban cuatro chicos, dos niños y dos niñas, jugando al escondite. Me acerqué a ellos con sumo cuidado y empecé a cantar lo mejor posible. Empezaron a perseguirme, justo lo que quería. Eché a volar, pero me paraba de vez en cuando para que no me perdiesen de vista. Seguimos así hasta llegar junto a Jorge. Allí me posé en su hombro mansamente y así, como yo esperaba, empezaron a preguntarle si era su mascota, donde me atrapó, cómo me llamaba, etc. Sin que nos diéramos cuenta, se hicieron grandes amigos y todos los días jugaban juntos. Ahora, yo vivo en el frondoso pino que está al lado de su casa y todas las mañanas le despierto con mis melódicos cantos para que recuerde siempre nuestra amistad.

María Delboy Castañeda
PRIMER PREMIO
CATEGORÍA B (5º y 6º de Primaria)