Al otro lado de tus miedos

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Era una mañana fría y desapacible. La nieve no había dejado de caer durante toda la noche y la pobre mamá pájaro se disponía a traer al mundo a sus pequeños. Después de muchos esfuerzos, ahí tenía su maravillosa recompensa, cuatro hermosísimos pequeñines de grandes ojos verdes que le miraban derrochando amor.
Inmediatamente, todos intentaron llegar al pico de su madre para demandarle comida, piando hambrientos después del esfuerzo invertido en salir del cascaron, pero el más pequeño y juguetón de todos no lograba alcanzar el pico de su madre para alimentarse. Su madre, separó a sus tres inquietos hermanos, y bajó su largo pico hacia él para entregarle un trozo de pan. Él devolvió el gesto con una sonrisa y una cabriola en la que su madre pudo observar su maltrecha ala izquierda, que le impedía moverse con soltura. Siempre era el último en comer y se quedaba con la parte más pequeña, ya que sus hermanos se aprovechaban de su pequeño tamaño y su dificultad para moverse con agilidad para arrebatarle los mejores trozos de comida.
Todos fueron creciendo con celeridad y pronto llegaría el día de enfrentarse al gran salto del que todos hablaban. Rodolfo, que así se llamaba nuestro amigo, veía como sus hermanos cada vez eran más fuertes y valientes. A ninguno de ellos parecía importarles que se acercara el gran día, aunque todos albergaban dudas, mostraban una seguridad en sí mismos que hacía que los miedos que sentía Rodolfo se hicieran más agudos. Una cálida y luminosa mañana, su madre uno a uno fue llevándolos a todos al borde de la rama donde hasta ese día habían dormido. Su hermano Rafa, el más fuerte y poderoso de sus hermanos, se lanzó sin pensarlo y comenzó a volar con gran maestría, permitiéndose incluso el lujo de realizar alguna voltereta para impresionar a los distintos grupos de jóvenes presentes.
- ¡Es un chulito! -pensó Rodolfo, al que no le hacía ninguna gracia que siempre le estuviese quitando sus trozos de galletas.
Uno a uno sus hermanos le fueron siguiendo y todos se elevaban, para realizar un buen aterrizaje. Rodolfo, se dirigió sudando y maldiciendo su maltrecha ala que le impediría seguir a los jovenzuelos. Cerró los ojos con inquietud y empezó a agitar sus alas mientras caía hacia abajo. Lo conseguiré, lo conseguiré, se repetía una y otra vez, mientras se precipitaba hacia abajo sin parar. Pufff..., un golpe rotundo se escuchó, cuando rápidamente su madre fue a auxiliar a Rodolfo que encontraba dolorido en el suelo. Con tan mala suerte que había ido a parar a una gran caca de vaca que había junto a los árboles. Una vez que su madre lo hubo limpiado, pudo ver como todos se reían de él y su hermano Rafa se mofaba con los demás diciéndole que no podía creer que fuese su hermano.
-¡Soy un inútil!, nunca podré llegar a ser como ellos -decía una y otra vez Rodolfo-¡Nunca podré ser uno de ellos!
Su madre le miró y le dijo:
- Rodolfo, no te centres en tu ala rota, busca dentro de ti, ahí puedes encontrar todo lo que deseas, todo lo que quieras ser, todo lo que ambicionas y deseas. Todo, está dentro de ti. No vueles hacia fuera, hacia los demás, vuela hacia ti mismo.
Estas palabras tocaron a Rodolfo en lo más profundo y cada día se esforzaba más y más para conseguir todo lo que se proponía. Se encontraba con muchas dificultades, pensaba en abandonar, pero siempre se rehacía. Pensaba en su madre y eso le daba fuerzas para seguir adelante. Construía paso a paso las soluciones que le acercaban a sus objetivos y así los iba consiguiendo. Se emocionaba cada vez que lograba pasar esos pequeños y grandes obstáculos que se le iban presentando y cada día se sentía un poco más seguro.
Todos los jóvenes del lugar, se reunían cada tarde en un viejo granero abandonado en el que jugaban en la arena, sobre la paja, comían del grano olvidado y pasaban horas luchando para impresionar a las chicas. Rafa, el hermano de Rodolfo, era el mandamás. Él comía antes que nadie, disfrutaba del mejor lugar junto a la ventana y todos obedecían cada orden que él daba.
Rafa, nunca dejaba que Rodolfo participara de los juegos y le echaba cuando se trataba de impresionar a las chicas. Momentos en los que Rodolfo había conocido a Currillo, otro pajarillo pequeño y de grandes gafas, a quien tampoco dejaban jugar y al que contaba sus aventuras en solitario. Currillo conocía bien lo que Rodolfo sentía, ya que los demás también se reían de él cuando iban de caza y le quitaban sus gafas, sin las cuales, no distinguía una mosca de un erizo.
Los dos, contemplaban a los demás con resignación desde fuera, mientras estos jugueteaban dentro del granero. Una tarde, oyeron como Rafa y sus amigos, hablaban de un camino oscuro del que los mayores siempre habían alertado que no podían visitar. Carlos, el mejor amigo de Rafa, decía que había oído una historia de un malvado cuervo que atacaba a todo el que osaba adentrarse en el camino, arrancaba los ojos a su victimas y les devorada sin compasión. Y al que todos conocían por el nombre de Sacrow el oscuro. Todos se estremecieron al oír su nombre y coincidían en no acercarse lo más mínimo a ese lugar, del que nunca había regresado ningún pájaro.
Rafa, propuso a sus amigos visitar el peligroso camino y ser ellos los primeros en conquistar tan inexpugnable lugar. Pero ninguno estaba dispuesto a plantearse siquiera tan peligrosa aventura. -¡Si no me acompañáis, iré solo. Yo me enfrentaré a Sacrow y le venceré! Mañana por la noche, cuando todos duerman nos dirigiremos al camino.
Todos intentaron convencer a Rafa de que no fuese, que su osadía podía costarle cara y que no merecía la pena, que todos sabían lo valiente y fuerte, que era. Pero el orgullo de Rafa era demasiado grande, para aceptar que estaba realmente atemorizado.
Mientras, Rodolfo y Currillo, habían oído cada palabra del plan detrás de la pequeña ventana. Rodolfo propuso a Currillo acompañar a Rafa en su aventura, cosa que descartó sin dudar Currillo: - ¡Estas chiflado, yo no le vería en un camino oscuro, ni aunque estuviera delante de él! Los dos amigos rieron sin parar durante un rato.
Pero a Rodolfo no se le iba de la cabeza que era una oportunidad única para demostrar a todos que él también era valiente como su hermano y que había aprendido a hacer todo lo que los demás hacían, incluso que los había superado en muchas de ellas. Aquella noche apenas pudo dormir, imaginado como sería ese camino y el tan temido Sacrow. ¿Tendría tres cabezas? ¿Sería capaz de atravesar los árboles como contaban sus historias? Él no tenía miedo se repetía una y otra vez, mientras se le erizaban sus pequeñas alas. Pero lo cierto era que su pico temblaba mientras lo pensaba.
Todos se habían reunido alrededor de Rafa la noche siguiente. Unos trataban de convencerle de que no fuese, otros ayudaban a limpiar sus alas, para que su vuelo fuera perfecto, mientras que a otros el miedo no les dejaba siquiera respirar. Fuera del granero, nuestros amigos Rodolfo y Currillo, planeaban seguir al grupo a una distancia prudente, para que los demás no sospecharan. 
Currillo tenía miedo de perder al único amigo que de verdad quería y no dejaba de repetirle que tuviese el máximo cuidado.
Rodolfo se volvió hacia su amigo y le dijo:
-Llevo toda mi vida resignándome a oír lo que los demás me dicen que puedo y no puedo hacer. Es un riesgo que nadie puede asumir por mí y quiero y deseo hacerlo por todos los que me aman. Solo así podré ser yo mismo.
Todo el grupo de jóvenes se dirigió hacia el principio del bosque oscuro. Era un lugar muy oscuro, maloliente, la luz apenas penetraba por las ramas de sus altos y robustos árboles. El viento soplaba fuerte y agitaba sin cesar sus hojas. No era un buen lugar para pasar unas vacaciones, vaciló Currillo escondido tras del grupo donde no pudieran verle.
-¿Estás seguro? -preguntó una vez más a Rodolfo.
-¡Seguro! -respondió este sin vacilar lo más mínimo.
Su hermano Rafa, se despidió de sus amigos con una sonrisa nerviosa en sus labios, pero sin dejar que los demás dudasen de su valentía. Poco a poco se adentró en el bosque oscuro perdiéndose de la vista de sus amigos. Nuestro amigo Rodolfo le seguía a pocos metros.
El bosque era cada vez más oscuro y el olor a putrefacción era difícilmente soportable. El silencio de aquel lugar no tenía nada que ver con la multitud de cantos y sonidos agradables que cada día rodeaban el valle donde Rodolfo vivía. De repente, apareció una cueva ante sus ojos donde su hermano se perdía en la oscuridad. Él le siguió sin dudar. ¡Crash!, un chasquido se oyó en toda la cueva que se fue agrandando con el eco. Era Rodolfo que había caído a una rama que colgaba de unas telarañas. Su hermano asustado miró hacia atrás y cuando le vio empezó a recriminarle que estuviese allí: -¿Qué haces aquí? ¿Por qué me has seguido imbécil?
A Rodolfo no le dio tiempo a contestar cuando del fondo de la cueva provenían unos graznidos y un gran ojo rojo les miraba fijamente. Este venía a toda prisa hacia ellos, por lo que los dos emprendieron camino de vuelta a toda prisa, pero apenas había luz y los caminos se confundían. El gran ojo cada vez estaba más cerca y el sonido era aterrador. Izquierda o derecha, se preguntaban sin saber qué camino tomar, por lo nervios.
-¡Derecha! -dijo a todo pulmón Rafa. Pronto comprobarían que ese no era el camino correcto. Rafa, que volaba primero se estampó en una montaña que se perdía en el horizonte.
-¡Son huesos! -Exclamaba sin parar aturdido por el miedo. Rodolfo le gritaba que volviese: -¡que viene!, ¡que viene!... Pero Rafa, se había roto una pata al chocar y no podía volar correctamente. El gran ojo se acercaba y Rodolfo ya veía como el gran monstruo que había imaginado tomaba cada vez más forma. No tenía tres cabezas, pero tenía una con un gran pico y cuerpo negro que aterrorizaban. El terrible cuervo se dirigía a su hermano para lanzarle su ataque, cuando él armado de valor, tomó una rama y se la lanzó a uno de sus grandes ojos rojos. El animal perdió la visión del lado izquierdo y falló el ataque, pero su hermano caía hacia abajo sin remisión, por lo que este se lanzó hacia abajo sorteando ramas para salvarle. Le alcanzó a pocos metros del suelo y le tomo por su pata maltrecha, para comenzar la ascensión.
Mientras tanto, todos los jóvenes estaban en el granero esperando a sus amigos, preguntándose qué sería de ellos. Su temor iba en aumento conforme pasaba el tiempo. Y Currillo, que había permanecido al margen del grupo, como hacía siempre. Voló rápido hacia el árbol donde vivía la madre de Rodolfo para contarle su locura, ya que temía por la vida de su único amigo. La madre de Rodolfo, casi sin dejarle terminar se apresuró hacia el granero.
-¡Cruak! -se escuchaba el graznido cada vez más cerca de nuestros dos aventureros que veían ya la luz del sol al final del bosque oscuro.
-¡Ahí está nuestra salvación! -Le gritaba Rodolfo a su malherido hermano.
Sacrow, se acercaba más y más, se le veía muy enfadado por la herida que le había propinado Rodolfo y lanzaba una y otra vez ataques, que eran esquivados como podía por Rodolfo mientras portaba a su hermano. Consiguieron salir del bosque oscuro, pero el terrible Sacrow no estaba dispuesto a dejarles escapar así como así. Continuó persiguiéndoles y lanzándole ataques a diestro y siniestro.
La madre de Rodolfo, llegó al granero, seguida de Currillo, que venía visiblemente cansado. Entró a toda prisa y preguntó a los chicos donde se encontraban sus hijos. Cuando Carlos se levantó para contarle lo ocurrido... de pronto oyeron como Rodolfo les gritaba:
-¡Auxilio!, ¡auxilio!, nos persigue, nos persigue...
Todos pudieron ver como se dirigían hacia el granero a toda prisa mientras Sacrow intentaba devorarles. La madre de Rodolfo, sin dudar, abrió la puerta para que se refugiaran intentando cerrar la puerta al oscuro cuervo. Pero todos entraron a la vez y el malvado pájaro estaba ahora dentro. Todas las vidas de su interior se encontraban en peligro.
La madre de Rodolfo se lanzó hacia Sacrow enfrentándose a él mientras los chicos salían por la pequeña ventana. Una vez puesto a salvo a su hermano, Rodolfo volvió para ayudar a su madre. Él no estaba dispuesto a abandonarla. Voló rápido hacia Sacrow, pero éste de un picotazo le mandó lejos, mientras forcejeaba con su madre. Cayó junto a una vela que permanecía encendida dentro de un cristal. Al verla, comenzó a empujarla con sus alas, el dolor era insoportable en su pequeña ala izquierda, pero al fin consiguió lanzarla al suelo. El cristal se rompió y las llamas se propagaron rápidamente por todo el granero. Rodolfo se dirigió a la ventana rápidamente para escapar de las llamas, mientras su madre seguía forcejeando con Sacrow. Con un movimiento rápido, pudo soltarse y voló veloz hacia la ventana. Sacrow la siguió, pero la ventana era demasiado pequeña para que él escapase y quedó atrapado. Felizmente, todos los pequeños estaban a salvo y la madre de Rodolfo, aunque agotada y herida por los ataques del malvado cuervo, se encontraba en un buen estado.
Aunque no se salvaría de la regañina cuando estuviese recuperada, Rodolfo respiraba aliviado.
Rafa, contó a todos como su hermano había salvado su vida y lo ágil, fuerte y valiente que había demostrado ser. Y como se había enfrentado a su enemigo sin dudar, a pesar de que él nunca le había tratado bien.
La madre echó su sermón a todos y cada uno de los jóvenes y les hizo prometer que nunca más desobedecerían sus órdenes. Todos lo prometieron sin dudar.
Su madre miró a Rodolfo y le preguntó porqué se había arriesgado a ir a ese lugar. Rodolfo contestó:

_ Intentaba demostrar a todos que era como ellos, pero ahora entiendo que todos los obstáculos de mi vida, me los he puesto yo mismo. Tú me enseñaste a buscar dentro de mí y es en el amor que siento por vosotros donde he encontrado quien soy.

Francisco Javier Jiménez Garrido
SEGUNDO PREMIO
CATEGORIA C (Mayores 18)